domingo, 24 de abril de 2016

LUNA  DE PAPEL

Arriba danzan las nubes vespertinas, en vapores de colores deshilándose,
Dibujando el contorno de los Farallones, en un espinazo de diamantes y zafiros.
 Abajo el corazón de la ciudad palpita en el incesante fluir de los automóviles,
Y un repentino clamor de voces con melancólica alegría sella la voz de mi razón.

Las nubes estivales arden. Es la tejedora de cosechas atizando el fuego de su hogar.
Trazando el sendero imaginario hacia un nuevo sol, Venus deja en el cielo de oriente
Una luna de papel para que escriba en ella los silencios que hace años gritan
Amordazados por distantes planetas, hiriéndonos con la belleza que no se nombra.

Tú, el viajero de corazón errante, ignoras que eres el verdugo de mis palabras,
Hablas el lenguaje del olvido del solitario pájaro carpintero que construye la morada del amor,
Sin oídos para los fantasmas del pasado que susurran en tu árbol todos mis miedos.
Has cruzado el mar para cerrar la vieja herida de las alas que nos fueron arrancadas.

Meisy Correa H.
Ago.2015












De regreso al planeta Poiesis,

Tú eres esa lejana estrella de rumbo perturbado
 Que brilló a mi lado entre las nubes estivales,
Y con la brújula de tu corazón llevaste mi barca al territorio de Poiesis
Donde como Teseo me has abandonado para regresar al corazón de Babel.
Entonces esta vez sí que es cierto que un universo en expansión me habita
Y que soy una supernova convulsionada haciendo explosión.

En el territorio de Poiesis mi corazón susurra
 Que para amasar la palabra solo necesito tu voz en mí,
Tu pensamiento en mí, tu abrazo en mí.
Tu palabra en mí, tu luz en mí.

Desde el territorio de Poiesis te envío un e-mail para decirte
Que ante lo irremediable solo nos queda Amar y Amar.
Y reclamo a la virtualidad para realizar con las manos vacías
La Rosa que moría entre las cartas amarillas
Y los sellos postales de los viejos amores del pasado.

Meisy Correa H.
Ago.2015

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Los Caballeros del Grial

Llegado el momento de su transfiguración,
Lancelot, el mágico padre de Galahad,
Entregó su corazón al fuego de sus palabras,
 declarando a los elementales poderes de la naturaleza,
su amor por la reina Ginebra
.
 Robles, cisnes, guacamayas, salamandras del este y del oeste,
Escucharon que la llamó por su nombre.
Entonces el caballero verde emergió en el bosque de su locura
Y le reclamó su cabeza.

De esta forma, privado de sus emociones y sus pensamientos,
 la sombra de Lancelot recorrió el camino de las estrellas hacia el corazón de la reina Ginebra.

Solo vestía las palabras que habían nacido de su propia sangre
 y que se habían fundido con el agua viva en el cáliz de su garganta. 
Y así el linaje de Lancelot ganó el derecho a ser el guardián del Grial.
Tales son los misterios que nos revelan las historias del amor cortés,
Donde la palabra Amigo, Amiga revela el verdadero e innombrable sujeto del amor.

Meisy Correa H.
Ago.2015



viernes, 22 de abril de 2016

EL LENGUAJE DEL CINE


VIDEOS PRODUCIDOS POR LOS ESTUDIANTES DURANTE LA ACTIVIDAD DEL DÍA DEL IDIOMA.


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GRUPO 8

Nahomi Villamizar, Manuela Vallejo, Camilo Bellaiza, Juan Pablo Cañas

Plano de conjunto: Acciones y relaciones entre personajes.
 Cámara fija vs. Cámara haciendo zum centrándose en uno de los personajes.


ü  La actividad consiste en Grabar videos donde aplicarán los conceptos anteriormente enunciados.  De 0 a 5 puntos.
ü   Recibirán los parlamentos de los personajes y /o situaciones. Se pueden hacer adaptaciones pero manteniendo el sentido central del fragmento. De 0 a 5 puntos.
ü  Las grabaciones se harán en la biblioteca y sus alrededores, no pueden ir más allá del corredor de matemáticas.  De 0-5 puntos.
ü  Tienen 20 minutos para hacer la grabación, editar y entregarla en una memoria.  De 0 a 5 puntos.

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ü  La actividad consiste en Grabar videos donde aplicarán los conceptos anteriormente enunciados.  De 0 a 5 puntos.
ü   Recibirán los parlamentos de los personajes y /o situaciones. Se pueden hacer adaptaciones pero manteniendo el sentido central del fragmento. De 0 a 5 puntos.
ü  Las grabaciones se harán en la biblioteca y sus alrededores, no pueden ir más allá del corredor de matemáticas.  De 0-5 puntos.
ü  Tienen 20 minutos para hacer la grabación, editar y entregarla en una memoria.  De 0 a 5 puntos.

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María Alejandra Echeverry, Alejandro García, Mariana Osorio, Daniela Nieto.

Gran plano General.  Topografía, describir el espacio.
Cámara fija vs. Cámara en movimiento. 
Hacer dos películas, una con música moderna y otra con música clásica.


ü  La actividad consiste en Grabar videos donde aplicarán los conceptos anteriormente enunciados.  De 0 a 5 puntos.
ü   Recibirán los parlamentos de los personajes y /o situaciones. Se pueden hacer adaptaciones pero manteniendo el sentido central del fragmento. De 0 a 5 puntos.
ü  Las grabaciones se harán en la biblioteca y sus alrededores, no pueden ir más allá del corredor de matemáticas.  De 0-5 puntos.
ü  Tienen 20 minutos para hacer la grabación, editar y entregarla en una memoria.  De 0 a 5 puntos.


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ü  La actividad consiste en Grabar videos donde aplicarán los conceptos anteriormente enunciados.  De 0 a 5 puntos.
ü   Recibirán los parlamentos de los personajes y /o situaciones. Se pueden hacer adaptaciones pero manteniendo el sentido central del fragmento. De 0 a 5 puntos.
ü  Las grabaciones se harán en la biblioteca y sus alrededores, no pueden ir más allá del corredor de matemáticas.  De 0-5 puntos.
ü  Tienen 20 minutos para hacer la grabación, editar y entregarla en una memoria.  De 0 a 5 puntos.

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GRUPO 11
Isabela Maya, Stephanie Murle, Antonio Osorio.

Plano medio.  Dos personajes en diálogo.  Alejar la cámara y tomarlos en PICADO. 


ü  La actividad consiste en Grabar videos donde aplicarán los conceptos anteriormente enunciados.  De 0 a 5 puntos.
ü   Recibirán los parlamentos de los personajes y /o situaciones. Se pueden hacer adaptaciones pero manteniendo el sentido central del fragmento. De 0 a 5 puntos.
ü  Las grabaciones se harán en la biblioteca y sus alrededores, no pueden ir más allá del corredor de matemáticas.  De 0-5 puntos.
ü  Tienen 20 minutos para hacer la grabación, editar y entregarla en una memoria.  De 0 a 5 puntos.







DÍA DEL IDIOMA
EL LENGUAJE DEL CINE.

PROFESORES ALEXANDER TOVAR Y MEISY CORREA


FASE 1 PRIMEROS 15 MINUTOS.

10 minutos para repasar principios básicos del código de la imagen.  Para lo cual veremos en mi blog una presentación que se llama: los conceptos básicos de la gramática del texto iconográfico y su relación con las figuras literarias descriptivas.



FASE 2: 45 MINUTOS

2.1  Ver el video  AMAR EL CINE, LENGUAJE CINEMATROGRÁFICO.  28 MINUTOS.

FASE 3.  ACTIVIDAD.   PRODUCIR UN VIDEO.

 Asignación de la actividad se arman 7 grupos de 3 o 4 personas.  Dos o tres  actúan y uno graba.

ü  La actividad consiste en Grabar videos donde aplicarán los conceptos anteriormente enunciados.  De 0 a 5 puntos.
ü   Recibirán los parlamentos de los personajes y /o situaciones. Se pueden hacer adaptaciones pero manteniendo el sentido central del fragmento. De 0 a 5 puntos.
ü  Las grabaciones se harán en la biblioteca y sus alrededores, no pueden ir más allá del corredor de matemáticas.  De 0-5 puntos.
ü  Tienen 20 minutos para hacer la grabación, editar y entregarla en una memoria.  De 0 a 5 puntos.

FASE 4

Presentación de los trabajos realizados y reflexión.


PLANOS

GRUPO 1
María Alejandra Echeverry, Alejandro García, Mariana Osorio, Daniela Nieto.

Gran plano General.  Topografía, describir el espacio.
Cámara fija vs. Cámara en movimiento. 
Hacer dos películas, una con música moderna y otra con música clásica.


GRUPO 2. 
Alejandro Tenorio, Martina Velásquez, Carolina Vallejo
Plano general.  El personaje en relación con el entorno.  Cámara fija Vs, Cámara en movimiento. El personaje no habla, solo ejecuta acción como leer en una banca de un parque.

Dos ediciones una con música moderna y otra con música clásica.

GRUPO 3
Camilo Borrero, Andrea Clavijo, Laura Manuel,
Plano de conjunto: Acciones y relaciones entre personajes.
 Cámara fija vs. Cámara haciendo zum centrándose en uno de los personajes.


GRUPO 4
Alejandro Osorio, Felipe Perafán, María Mercedes Vélez, Doroty Smith
Plano entero.  Mostrar acciones de un personaje.
Cámara en movimiento, traveling en paralelo con el personaje Vs cámara fija.


GRUPO 5
Isabela Calle, Alvaro Cantillo, Juan Sebastián Sanabria.
Plano medio.  Dos personajes en diálogo.  Alejar la cámara y tomarlos en contrapicado.  


GRUPO 6
Valeria Ceballos, Juan Camilo Chitiva, Valeria Guevara.
Plano Americano:   El personaje en relación con el entorno.  Cámara fija y cámara en movimiento. 
Grabar dos escenas una en Ángulo Medio y otra en contrapicado.

GRUPO 7
Hanna Hausler, Santiago Sanguino, Laura Isabela Sterling,
Primer plano:   Acercamiento a un personaje, sus reflexiones, su psicología.
Alejar la cámara para aplicar ángulo picado sobre el personaje.

GRUPO 8

Nahomi Villamizar, Manuela Vallejo, Camilo Bellaiza, Juan Pablo Cañas

Plano de conjunto: Acciones y relaciones entre personajes.
 Cámara fija vs. Cámara haciendo zum centrándose en uno de los personajes.


GRUPO 9
Sebastian Cardona, Rosana Castañeda, Isabella Delgado

Plano de conjunto: Acciones y relaciones entre personajes.
 Cámara fija vs. Cámara haciendo zum centrándose en uno de los personajes.


GRUPO 10
Juan David Herrera, Gregorio Jaramillo Sebastián Lama

Plano Americano:   El personaje en relación con el entorno.  Cámara fija y cámara en movimiento. 
Grabar dos escenas una en Ángulo Medio y otra en Picado


GRUPO 11
Isabela Maya, Stephanie Murle, Antonio Osorio.

Plano medio.  Dos personajes en diálogo.  Alejar la cámara y tomarlos en PICADO. 


GRUPO 12
Emiliano Pelaez, Felipe Polo, Nicolás Quintero, Alejandro Saa, Eden Zandstra
Gran plano General.  Topografía, describir el espacio.
Cámara fija vs. Cámara en movimiento.  Acermamiento al personaje y Plano de detalle.





PARLAMENTOS  Y/O ESCENAS

PLANO GENERAL.

Voy con el río de gente hacia mi casillero.  Todos estamos vestidos con chaquetas gruesas y nos estrellamos unos contra otros como carritos locos en un parque de diversiones.  Hay sobres pegados en algunos casilleros pero solo me doy cuenta de ello cuando veo que tengo uno en mi casillero.  Dice “Melinda” tiene que ser una broma…
Anderson  L.H.  (  1999) Habla.


Durante el verano de mis quince años, al final del año escolar, fui dos o tres veces a remar al bosque de Boulogne con Zaza y otras compañeras.  Vi en un sendero a una pareja que caminaba ante mí; el muchacho apoyaba levemente su mano sobre el hombro de la mujer.  Emocionada de pronto, me dije que debía ser hermoso avanzar a través de la vida con una mano tan afectuosa sobre su hombro cuyo peso se sintiese apenas y cuya presencia conjurara para siempre la soledad.
Bouvoir S. (1959.)  Memorias de una joven formal.


PLANO MEDIO

-          Eres el mejor amante que he conocido- declaró pensativa.  Eres más fuerte que otros, más flexible y espontáneo.  Has aprendido mi arte muy bien, Siddharta.  Algún día cuando yo sea mayor, quiero tener un hijo tuyo.  Y sin embargo, querido, sé que sigues siendo un Samana, que no me quieres, que no amas a nadie.  ¿No es verdad?
-          Puede que lo sea –contestó cansado- pero soy como tú:  tampoco amas…Cómo podrías ejercer el amor como un arte? Las personas de nuestra naturaleza quizá no sepan amar.  Los seres humanos que no pasan de la edad pueril sí que saben: ése es su secreto.
Hesse H. Siddharta.

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-          Nada puedo decirte Knauer.  En esta cuestión no es posible ayudarse mutuamente.  Tampoco a mí me ha ayudado nadie.  Tienes que reflexionar sobre ti mismo y hacer luego lo que verdaderamente surja en tu propia esencia.  No hay otro camino.  Si tú mismo no puedes encontrarte, tampoco encontrarás espíritus que te sepan guiar. Créeme.
-          ¡Ah menudo hipócrita estás tú hecho!  ¡También tú tienes tu vicio, ya lo sé! Te haces el sabio y en secreto estás en la misma basura que yo y que todos.  ¡Eres un cerdo! ¡un cerdo como yo! ¡todos somos cerdos!

Hesse. H. ( 1919) Demian



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PLANO ENTERO /PRIMER PLANO/ PLANO DE DETALLE

Mi casillero. La  tarjeta sigue ahí:  un cuadrado blanco de esperanza con mi nombre escrito encima.  La despego y la abro.  Algo cae al suelo.  La tarjeta es un  dibujo de dos ositos compartiendo un pote de miel.  La abro.  “Gracias por comprender. ¡Eres maravillosa!” Está firmado en tinta morada.  “!Buena suerte Heather”!
Me agacho para recoger lo que había caído.  Es el collar de la amistad que le regalé en navidad a Heather.  Qué estúpida soy.

Anderson  L.H.  (  1999) Habla.


El recto rector se apareció ayer de sorpresa, siguiendo el rastro de la alegría, como un tiburón que ha olido sangre.  Su bigote es el radar con el que huele las cosas que se salend e las reglas Una mano rápida apagó el radio cuando el Recto Rector cruzó el umbral y las bolsas de papas desaparecieron.  En el aire quedó flotando un aroma de sal revuelto con óleos y arcilla húmeda.

Anderson  L.H.  (  1999) Habla.

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PLANO DE CONJUNTO

Estamos estudiando las frutas en biología.  La profesora Aguza lleva una semana enseñándonos detalles sobre los estambres y los pístilos, las vainas y las flores. 
La fila de atrás duerme hasta que la profesora Aguza señala que los árboles necesitan abejas para reproducirse.  La palabra reproducción llama la atención de la fila de atrás.  Se imaginan que eso tiene algo que ver con sexo y como es de esperarse, se toman en juego la charla sobre los estambres y pistilos  Sin embargo, la profesora Aguza lleva dando clases desde la Edad de Piedra.  Se necesita mucho más que una fila de pitolálamos sobreexcitados para distraerla de su tema del día.  Con calma, prosigue a la parte práctica de laboratorio.

Anderson  L.H.  (  1999) Habla.

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CONTRAPICADO VS PICADO

Estoy atrapada con Andy Evans.
Me mira fijamente sin hablar.  No es tan alto como lo recordaba, pero sigue siendo repugnante.  La luz de la bombilla proyecta sombras bajo sus ojos.  Parece hecho de piedra y despide un olor que me hiela la sangre.  Hace sonar los nudillos de los dedos.  Tiene una manos inmensas. 
-           Eres una bocona, ¿sabes? Rachel me mandó al diablo en el baile diciendo que yo te había violado.  Tú sabes que eso es mentira.  Yo no he violado a nadie.  No necesito hacerlo, Tú lo querías tanto como yo.  Pero te sentiste mal y empezaste a regar esa mentira y ahora todas las chicas del colegio hablan de mí como si fuera un pervertido…

Anderson  L.H.  (  1999) Habla.
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PLANO AMERICANO

-          No está presa- me dijo Orlando, dos días después, y añadió sin mala intención- habrá que buscarla en la morgue. 
-          No don Orlando, qué vergüenza con usted, pero no busque a Reina entre los muertos porque  ella está viva.

Resopló y echó para atrás su gordura, no para objetar mi insolencia sino como preguntándome por qué estaba tan seguro.

-          Ella está viva- repetí-  es lo único que sé.


-          Tenemos que seguir buscándola don Orlando, ayúdeme por favor.

Franco J. (2001)  Paraíso Travel.


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PRIMER PLANO

-           Hoy comienzo a trabajar.
-          Siquiera, hijo, ¿y eso en qué?
-          Pues de mesero, como todo el mundo. 
-          ¿Y por qué mas bien no piensas y te devuelves?
-          ¿A qué mamá? Aquí voy a estar bien.
-          ¿Y te van a pagar?
-          Claro papá.
-           
Franco J. (2001)  Paraíso Travel.


jueves, 14 de abril de 2016

EL CLUB DE LECTURA EN EL COLEGIO COLOMBO BRITÁNICO

SELECCIÓN DE CUENTOS PARA EL CLUB DE LECTURA





VANKA
Anton Chéjov (Rusia, 1860-1904)

Vanka Yúkov, un chico de nueve años enviado tres meses antes como aprendiz del zapatero Aliajin, no se acostó la noche de Navidad. Esperó a que los amos y los oficiales se fueran a la misa del gallo, entonces sacó del armario del patrón un frasco de tinta y una pluma con la plumilla enmohecida, puso delante una hoja arrugada y comenzó a escribir.
Antes de dibujar la primera letra, miró atemorizado a la puerta y a las ventanas en varias ocasiones, observó el oscuro icono flanqueado por estantes con hormas, y suspiró. El papel estaba en un banco y se arrodillo frente a él.
“Querido abuelo Konstantín Makárich -escribió-: Te escribo una carta. Te deseo Feliz Navidad y que Dios Nuestro Señor te dé todo lo mejor. No tengo padre ni madre, sólo me quedas tú».
Vanka dirigió sus ojos hacia la ventana oscura en la que se reflejaba la sombra oscilante de su vela y se imaginó vivamente a su abuelo Konstantín Makárich, empleado como guarda de noche en casa de los señores Yiraviov. Era un viejo de unos sesenta y cinco años, pequeño y enjuto, pero extraordinariamente ágil y vivaz, con cara siempre sonriente y ojos de borracho. De día dormía en la cocina del servicio o bromeaba con las cocineras, y de noche, envuelto en una pelliza ancha, recorría la hacienda y daba golpes con su chuzo. Tras él, con la cabeza gacha, iban la vieja perra Kashtanka y el joven perro Viún, al que llamaron así por su color negro y su cuerpo alargado, como el de una comadreja. Ese Viún era muy cariñoso e infundía mucho respeto, miraba con igual ternura a propios y extraños, pero no inspiraba confianza. Bajo su aspecto respetable y pacífico se escondía la malicia más jesuítica. Nadie sabía mejor que él acechar y morder la pierna, entrar en la alacena o robar una gallina a un mujik. Le habían lastimado las patas traseras varias veces, casi le ahorcan en dos ocasiones, cada semana le apaleaban hasta dejarlo medio muerto, pero siempre sobrevivía.
Seguro que el abuelo está ahora junto al portón, y con los ojos entornados mira las luces brillantes y rojas de la iglesia de la aldea y sacude el suelo con sus botas de fieltro. Lleva el chuzo atado al cinturón. Mueve las manos, se encoge de frío y con su risa de viejo, pellizca ya a la doncella ya a la cocinera.
-¿Queréis oler tabaco? -dice, ofreciendo su tabaquera a las mujeres.
Las mujeres aspiran y estornudan. El abuelo se entusiasma, ríe a carcajadas y grita:
-¡Quítatelo, que se te ha pegado!
Dan a oler el tabaco a los perros. Kashtanka estornuda, mueve el hocico y, humillada, se aparta a un lado. Viún, por respeto, no estornuda y mueve el rabo. El tiempo es magnífico. El aire es suave, transparente y fresco. Hace una noche oscura, pero se ve toda la aldea con sus tejados blancos y las columnas de humo que salen de las chimeneas, los árboles plateados por la escarcha y los montones de nieve. Todo el cielo está sembrado de estrellas que centellean alegremente y la Vía Láctea se dibuja con tanta claridad como si para las fiestas la hubieran lavado y frotado con nieve…
Vanka suspiró, mojó la pluma y siguió escribiendo:
“Ayer me dieron una paliza. El amo me cogió de los pelos y me arrastró hasta el patio y me zurró con la correa porque meciendo la cuna de su bebé me quedé dormido en un descuido. La semana pasada la dueña me ordenó limpiar un arenque, yo empecé por la cola y ella lo cogió y se puso a darme en el morro con la cabeza del arenque. Los oficiales se ríen de mí, me mandan a la taberna a por vodka y me obligan a robar pepinos a los amos. El amo me pega con lo primero que encuentra. Y de comida, no hay nada. Por la mañana me dan pan, al almuerzo, gachas y para la cena, también pan. El té y la sopa lo toman los amos. Me mandan a dormir en el zaguán, pero cuando el bebé llora, yo no duermo y mezo la cuna. Querido abuelo, ten misericordia, llévame a casa, a la aldea, ya no puedo más… Me pongo a tus pies y rogaré por ti eternamente, sácame de aquí o me moriré…”
Vanka torció la boca, se secó los ojos con su puño negro y sollozó.
“Te picaré el tabaco –continuó-, rezaré a Dios, y si pasa algo, azótame con todas tus fuerzas. Y si piensas que no puedo ocuparme de nada, por Cristo que le pediré al mayoral que me tome como limpiabotas, o iré de zagal en lugar de Fedka. Querido abuelo, aquí nada es posible, sólo la muerte. Quisiera ir andando a la aldea, pero no tengo botas y me dan miedo las heladas. Cuando sea mayor te daré de comer y no dejaré que nadie te haga daño y cuando mueras, rezaré por el descanso de tu alma, igual que por la de mi madre Pelagueya.
“Moscú es una ciudad grande. Las casas son todas de señores y hay muchos caballos, pero no hay ovejas y los perros no son malos. Los niños no cantan villancicos y no dejan cantar a nadie en el coro. Una vez vi en el escaparate de una tienda que vendían anzuelos con sedal para todos los peces, muy caros, hasta hay un anzuelo que valdría para un pez de más de un pud. Y he visto tiendas donde hay escopetas como las que llevan los señores, que cuestan más de cien rublos cada una… Y en las carnicerías hay urogallos, ortegas y liebres, pero los tenderos no te dicen dónde las cazan.
“Querido abuelo: cuando los señores pongan el árbol de Navidad con dulces y golosinas, cógeme una nuez dorada y guárdala en el baúl verde. Pídesela a la señorita Olga Ignátievna, dile que es para Vanka”.
Vanka suspiró profundamente y de nuevo fijó su mirada en la ventana. Recordó que el abuelo iba siempre al bosque para cortar el árbol de Navidad y se llevaba al nieto. ¡Qué tiempos tan felices! El abuelo carraspeaba, el hielo crujía y Vanka les miraba y carraspeaba. Antes de cortar el abeto, el abuelo solía encender su pipa, y olía el tabaco un buen rato y se reía de Vanka, que tiritaba
Los jóvenes abetos, cubiertos de escarcha, se elevan inmóviles y esperan a cuál de ellos le tocará morir. De repente, una liebre cruza como una flecha los montones de nieve… Y el abuelo no puede dejar de gritar:
-¡Cógela, cógela… cógela! ¡Maldita liebre!
El abuelo llevaba el abeto cortado a la casa de los señores y allí se ponían a adornarlo… Quien más empeño ponía era la señorita Olga Ignátievna, la preferida de Vanka. Cuando aún vivía Pelagueya, la madre de Vanka, y trabajaba como sirvienta en casa de los señores, Olga Ignátievna le daba caramelos a Vanka y, como no tenía nada que hacer, le enseñó a leer, a escribir, a contar hasta cien incluso a bailar la cuadrilla. Cuando Pelagueya murió, llevaron al huérfano Vanka a la cocina del servicio, con el abuelo, y de la cocina a Moscú a casa del zapatero Aliajin…
“Querido abuelo: ven -prosiguió Vanka-, te lo suplico por el amor de Dios, llévame de aquí. Ten piedad de este pobre huérfano. Todos me pegan, paso mucha hambre, ni te cuento cuánto me aburro, no paro de llorar. Hace unos días el amo me dio un golpe en la cabeza con una horma, tan fuerte que me caí y me costó mucho levantarme. Mi vida es un asco, es peor que la de un perro… También saludo a Aliona, al tuerto Yegorka y al cochero, y no des a nadie mi acordeón. Se despide de ti tu nieto Iván Yúkov. Querido abuelo, ven”.
Vanka dobló en cuatro partes la hoja escrita y la metió en un sobre que había comprado la víspera por un kopek… Tras pensar un poco, mojó la pluma y escribió la dirección:
“A la aldea de mi abuelo”.
Luego se rascó la cabeza, pensó otro poco y añadió: “Para Konstantín Makárich”. Contento de que no le hubieran molestado mientras escribía, se puso el gorro y, sin echarse por encima la pelliza, salió a la calle en mangas de camisa.
Los dependientes de la carnicería, a los que había preguntado el día anterior, le dijeron que las cartas se echan en los buzones de correos, y que desde esos buzones las reparten por todo el mundo en troikas de correos con cocheros borrachos y cascabeles que suenan. Vanka corrió hasta el primer buzón de correos y metió la valiosa carta por la ranura…
Mecido por dulces esperanzas, se durmió profundamente al cabo de una hora… Soñó con una estufa. Sobre la estufa estaba sentado el abuelo, descalzo, con las piernas colgando, y leía la carta a las cocineras… Junto a la estufa andaba Viún y movía el rabo…
Cuentos abigarrados, 1886.
Trad. Jesús García Gabaldón.
Comentario
En 1886 se publicó Cuentos abigarrados, una recopilación que recoge algunos de los títulos más destacados de Chéjov, con los que pretendió iniciar un lento camino de concentración expresiva y un vigoroso y progresivo tratamiento de la elipsis, inexistente en sus numerosas primeras historias, a las que consideraba simples “excrementos” sin valor alguno. Lo que no era cierto, porque entre aquellas narraciones primerizas -en las que utilizaba el método de la estampa, la unidad de acción y el profuso diálogo para resolver tramas humorísticas que satirizaban sin piedad la burguesía rusa, el campesinado o el funcionariado- hay grandes cuentos, aunque sí hay que reconocer, como anota Miguel Ángel Muñoz, que el lector que se acercara a una antología que incluyera sólo cuentos de esa época primeriza no entendería el porqué de la grandeza y estatura mítica que los aficionados al relato conceden al escritor ruso de forma unánime.
Uno de los ejemplos más destacados de esa colección de 1886, y muestra del profundo humanismo del autor ruso, se encuentra en el cuento titulado “Vanka”, en palabras de Shlovshi, “el cuento de Navidad más triste del mundo”.
Vanka, de nueve años, ha perdido a su madre hace unos meses, y los amos de su madre -que lo son también de su abuelo- lo enviaron como aprendiz a casa de un zapatero de Moscú, donde sufrirá los malos tratos y abusos de la familia del zapatero y del resto de aprendices.
La noche de Navidad, Vanka escribe una carta a su abuelo en la que incluye graciosos y entrañables recuerdos de su vida anterior con el abuelo y, al describir su situación actual, le pide ayuda.
La carta del pequeño huérfano, desgarradora en su sencillez, expresa tan poderosamente el sufrimiento, la soledad y el abandono de una vida inocente que conmueve a cualquier lector con un mínimo de sensibilidad.
Vanka escribe espontánea pero discontinuamente la carta e intercalada con la escritura se impone vivamente en la imaginación y en el recuerdo del niño la figura poderosa, atrayente y vital, de su abuelo como la única persona cercana que le queda. Es este un curioso personaje, pequeño y enjuto, ágil y vivaracho, siempre acompañado de sus dos perros, bromista y entrañable, que representa para el niño el calor y el cariño que le faltan. El sueño final, mezcla de inocencia infantil y estupor ante la indefensión, con el abuelo sentado en la estufa y leyendo la carta del nieto que nunca recibirá, cierra con profunda melancolía la triste historia y deja al lector con un nudo en la garganta.
No hay en el relato ninguna moraleja porque Chéjov nunca emite juicios. Según sus propias palabras, “el artista no debe convertirse en juez de sus personajes, de lo que dicen; su única tarea consiste en ser testigo imparcial. […] Las conclusiones deben sacarlas los lectores. Mi única tarea consiste en tener el talento suficiente para saber distinguir un testimonio importante de otro que no lo es, para presentar a mis personajes bajo una luz apropiada y hacer que hablen con su propia voz.”
Esto es lo que sucede en Vanka. Toda la intención del autor se concentra en este cuento en describir con la extraña y aparente facilidad de un simple bosquejo -sin intriga o suspense y ninguna estridencia porque la tristeza en Chéjov jamás se expresa en gritos, pero sí con enorme efectividad-, la triste y emotiva situación del pequeño protagonista y mostrar así un trozo de vida tal como es en la realidad, pero que encierra un elemento altamente significativo. Chéjov nunca busca lo sorprendente o espectacular sino que sitúa a sus personajes en un marco de vida ordinaria, a veces triste como en este caso, a veces humorística, pero siempre sencilla, y escribe con un estilo definido con acierto por su amigo Tolstoi, al compararlo a un tipo de pintura en el que las pinceladas parecieran dadas “de forma casual y muy simple, como si no tuvieran ninguna relación entre sí, aunque cuando se miran de lejos uno advierte un cuadro claro, indiscutible”.
De entre tantos personajes inolvidables, al lector fervoroso de Chéjov, el de Vanka se le quedará grabado para siempre, y seguramente  le acompañen, entre otros, la pequeña niñera Varka de “Ganas de dormir” (también titulado “Un asesinato”) y el  cochero Yona de “La tristeza”. Tres seres inocentes y entrañables, zarandeados cruelmente por la falta de amor y comprensión. Al leer estos tres cuentos, hacemos nuestra la afirmación que del escritor ruso se ha hecho y que es lo más hermoso que pueda decirse de un escritor: “Se es, sin duda, un poco más humano después de haber leído a Chéjov”.
Permítasenos como colofón un famoso y hermoso texto del arriba citado Máximo Gorki: “Nadie ha comprendido tan clara y sutilmente la tragedia de las pequeñeces de la vida, nadie hasta él ha sabido dibujar a los hombres con tan implacable veracidad el cuadro vergonzoso y desalentador de su vida en el opaco caos de su mezquindad de cada día… Al leer los cuentos de Chéjov uno parece sumergido en un día triste de otoño, cuando el aire es tan transparente y en él se recortan con punzante nitidez los árboles desnudos, los estrechos edificios, la masa gris de la muchedumbre. Todo es tan extraño, tan solitario, inmóvil y desamparado. Las profundas lejanías azuladas, desiertas, fundiéndose con el pálido cielo, soplan con un frío angustioso sobre la tierra cubierta de suciedad helada. La mente del autor, como un sol de otoño, ilumina con despiadada claridad los destrozados caminos, las retorcidas calles, las sucias y apretujadas casas en las que se ahogan de aburrimiento y pereza unos seres pequeños y desgraciados llenando sus casas de un insensato y soñoliento bullicio”.
Miguel Díez R.








Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega al tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.
E.H.
Este relato responde en la realidad a la relación amorosa que Hemingwuay tuvo con la enfermera norteamericana Agnes von Kurowsky, a la que conoció mientras se recuperaba por lesiones en las piernas en el hospital de Milán, lesiones sufridas en el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial.
M.D.R.

Un cuento muy corto

Ernest Hemingway  (Ernest Miller Hemingway; Oak Park, 1899 - Ketchum, 1961)

En las últimas horas de una tarde calurosa lo llevaron a la azotea desde donde podía dominar toda la ciudad de Padua. Las chimeneas se perfilaban sobre el cielo. La noche tardó poco en llegar y entonces aparecieron los proyectores. Los otros bajaron al balcón, llevándose las botellas. Hasta donde estaban Luz y llegaba el bullicio. Luz se sentó en la cama. Estaba fresca y lozana en la noche cálida.
Luz cumplió el servicio nocturno durante tres meses y todos estaban contentos. Ella lo preparó para la operación, y aquel día le dijo en tono de broma: “Si no se porta bien le pondré un enema”. Después vino el anestésico y él no pudo decir disparates en aquel difícil momento. Cuando empezó a utilizar las muletas, solía tomar las temperaturas para que Luz no tuviera que levantarse de la cama. Había pocos pacientes y todos estaban enterados. Todos querían a Luz. Mientras regresaba por los pasillos, pensó en Luz, acostada en su cama.
Antes de que él volviera al frente, los dos fueron a rezar al Duomo. Estaba oscuro y en silencio, y había otras personas orando. Querían casarse, pero no había tiempo suficiente para las amonestaciones y ninguno de los dos tenía la partida de nacimiento. Vivían, en realidad, como marido y mujer, pero deseaban que todos lo supieran para no correr el riesgo de perder esa condición.
Luz le escribió muchas cartas que él recibió después del armisticio. Un día le llegaron al frente quince cartas juntas, y las leyó de cabo a rabo después de clasificarlas por fechas. Le hablaba del hospital y de cuánto lo quería. Le decía que no podía vivir sin él y que, por la noche,  lo echaba mucho de menos.
Después del armisticio acordaron que él volviera a su país para conseguir un empleo que les permitiera casarse. Luz no regresaría hasta que él tuviera un buen trabajo, y entonces se encontrarían en Nueva York. No iba a beber más, por supuesto, y no necesitaría ver a sus amigos ni a nadie en los Estados Unidos. Solamente obtener el empleo y casarse. En el tren que los condujo de Padua a Milán tuvieron una disputa porque la mujer no estaba dispuesta a volver en seguida. Se despidieron con un beso en la estación de Milán, pero el altercado no había concluido. Para él fue muy desagradable decirse adiós de esta forma.
Volvió a América en un barco que zarpó de Génova. Luz regresó a Pordonone, en donde se inauguraba un nuevo hospital. El lugar era solitario y lluvioso, y en la ciudad se hallaba acuartelado un batallón de arditi. Aquel invierno de tanta lluvia y barro, el comandante del batallón hizo el amor con Luz. Era la primera vez que ella conocía a un italiano. Por fin escribió a los Estados Unidos diciendo que lo suyo solamente había sido una chiquillada. Que lo sentía y que se daba cuenta de que probablemente él no podría comprenderlo, pero que quizá algún día la perdonaría y le agradecería aquello, y que esperaba casarse en la primavera siguiente. Que seguía queriéndole, pero que ahora comprendía que lo suyo solamente había sido una cosa de chicos. Que confiaba en que se abriera camino en la vida y que tenía plena confianza en él. Que estaba segura de que así era mejor para los dos.
El comandante no se casó con ella ni en la primavera siguiente ni nunca. Luz no recibió respuesta a la carta que envió a Chicago. Poco tiempo después él contrajo una gonorrea por culpa de una vendedora de la sección de pasamanería de un almacén con la que hizo el amor en un taxi, paseando por Lincoln Park.

Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961)
“A Very Short Story”
In Our Time, 1924, París




Tendría unos ocho o diez años cuando escribí mis primeros versos, y después, prosa con la misma dedicación. Todos estos trabajos abarcan más de dos mil páginas. No sé cuál es su valor literario o intelectual; sé, eso sí, que fueron escritos con fe y en respuesta a un llamado juvenil imperioso y ardiente. Desde los lejanos días de mi adolescencia la Literatura ha sido mi constante compañía, la ventana por la que me asomo al mundo y por la que penetro en raros y felices momentos, su verdad prodigiosa. En suma, la Literatura representa no sólo lo que he querido ser sino la ocupación por la que he sacrificado a todas las otras. No tengo más remedio una vez más que confesarlo: soy escritor y la escritura representa mi vocación verdadera.
Cuando era niño oí una anécdota que me impresionó: le preguntaron a Alejandro si quería ser la espada o la trompeta. El respondió sin vacilar: la espada. Si a mí me hubiesen preguntado algo parecido habría respondido lo contrario: la trompeta. Quiero decir la escritura, los signos que proclaman la grandeza y la bondad de los hombres. Fui educado entre los límites si bien severos del estoicismo y el cristianismo. No me enseñaron a venerar a la diosa perra de la fama y a correr con la lengua fuera detrás del éxito mentiroso. La enseñanza de mis maestros fue muy distinta: saber estrechar la mano de nuestro prójimo incluso, y sobre todo, si fuese la mano de un desconocido. Creo que estas ideas y sentimientos influyeron en mí desde el principio. Por más imperfecta o reprobable que haya sido a veces mi conducta, siempre he visto a los otros con la frente alta y un demás de reconciliación.
Octavio Paz

“Para algunos el poema es la experiencia del abandono; para otros el del rigor. Los muchachos leen versos para ayudarse a expresar o conocer sus sentimientos, como si sólo en el poema las borrosas, presentidas facciones del amor, del heroísmo o de la sensualidad pudiesen contemplarse con nitidez. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro”
Octavio Paz

Prisa

Octavio Paz  ( México, 1914-1998, Premio Nobel de Literatura 1990)

A pesar de mi torpor, de mis ojos hinchados, de mi aire de recién salido de la cueva, no me detengo nunca. Tengo prisa. Siempre he tenido prisa. Día y noche zumba en mi cráneo la abeja. Salto de la mañana a la noche, del sueño al despertar, del tumulto a la soledad, del alba al crepúsculo. Inútil que cada una de las cuatro estaciones me presente su mesa opulenta; inútil el rasgueo de madrugada del canario, el lecho hermoso como un río en verano, esa adolescente y su lágrima, cortada al declinar el otoño. En balde el mediodía y su tallo de cristal, las hojas verdes que lo filtran, las piedras que niega, las sombras que esculpe. Todas estas plenitudes me apuran de un trago. Voy y vuelo, me revuelvo y me revuelco, salgo y entro, me asomo, oigo música, me rasco, medito, me digo, maldigo, cambio de traje, digo adiós al que fui, me demoro con el que seré. Nada me detiene. Tengo prisa, me voy. ¿A dónde? No sé, nada sé excepto que no estoy en mi sitio.
Desde que abrí los ojos me di cuenta que mi sitio no estaba aquí, donde yo estoy, sino en donde no estoy ni he estado nunca. En alguna parte hay un lugar vacío y ese vacío se llenará de mí y yo me asentaré en ese hueco que insensiblemente rebosará de mí, pleno de mí hasta volverse fuente o surtidor. Y mi vacío, el vacío de mí que soy ahora, se llenará de sí, pleno de sí, pleno de ser hasta los bordes.
Tengo prisa por estar. Corro tras de mí, tras de mi sitio, tras de mi hueco. ¿Quién me ha reservado ese sitio? ¿Cómo se llama mi fatalidad? ¿Quién es y qué es lo que me mueve y quién y qué es lo que aguarda mi advenimiento para cumplirse y para cumplirme? No sé, tengo prisa. Aunque no me mueva de mi silla, ni me levante de la cama. Aunque dé vueltas y vueltas en mi jaula. Clavado por un nombre, un gesto, un tic, me muevo y remuevo. Esta casa, estos amigos, estos países, estas manos, esta boca, estas letras que forman esta imagen que se ha desprendido sin previo aviso de no sé dónde y me ha dado en el pecho, no son mi sitio. Ni esto ni aquello es mi sitio.
Todo lo que me sostiene y sostengo sosteniéndome es alambrada, muro. Y todo lo salta mi prisa. Este cuerpo me ofrece su cuerpo, este mar se saca del vientre siete olas, siete desnudeces, siete sonrisas, siete cabrillas blancas. Doy las gracias y me largo. Sí, el paseo ha sido muy divertido, la conversación instructiva, aún es temprano, la función no acaba y de ninguna manera tengo la pretensión de conocer el desenlace. Lo siento: tengo prisa. Tengo ganas de estar libre de mi prisa, tengo prisa por acostarme y levantarme sin decirte y decirme: adiós, tengo prisa.

Arenas movedizas, 1949
¿Águila o sol?, México, Fondo de Cultura Económica, 1951, págs. 73-76.
Octavio Paz (México, 1914-1998)









LOS NIÑOS DE CHERNÓBIL

Svetlana Alexiévick (Bielorrusia, 1948, Premio Nóbel de Literatura 2015)




Pienso tan a menudo sobre la muerte que no quiero verla.
¿Nunca ha escuchado usted las conversaciones de los niños sobre la muerte? Por ejemplo, los míos. En la séptima clase discuten y me preguntan: «¿Da miedo o no la muerte?». Si hasta hace poco a los pequeños les interesaba de dónde venían: «¿De dónde vienen los niños?». Ahora lo que les preocupa es qué pasará después de una bomba atómica. Han dejado de querer a los clásicos; yo les leo de memoria a Pushkin y veo que sus miradas son frías, ausentes. El vacío. A su alrededor ha surgido otro mundo. Leen ciencia ficción; esto los atrae, les gusta leer cómo el hombre se aleja de la Tierra, opera con el tiempo cósmico, vive en distintos mundos. No pueden temer a la muerte del mismo modo como la temen los mayores, como yo, por ejemplo; la muerte les preocupa como algo fantástico. Como un viaje a alguna parte.
Reflexiono. Pienso en ello. La muerte que te rodea te obliga a pensar mucho. Doy clases de literatura rusa a unos niños que no se parecen a los que había hará unos diez años. Ante los ojos de estos críos, constantemente entierran algo o a alguien. Lo sumergen bajo tierra. A conocidos. Casas y árboles. Lo entierran todo. Cuando están en formación, estos niños caen desmayados; cuando se quedan de pie unos quince o veinte minutos les sale sangre de la nariz. No hay nada que les pueda asombrar ni alegrar. Siempre somnolientos, cansados. Las caras, pálidas, grises. Ni juegan ni hacen el tonto. Y si se pelean, si rompen sin querer un vidrio, los maestros hasta se alegran. No los riñen, porque no se parecen a los niños. Y crecen tan lentamente… Les pides en una clase que te repitan algo y el crío no puede; la cosa llega a que a veces pronuncias una frase para que la repita después y no puede. «¿Pero dónde estás? ¿Dónde?», los intentas sacar del trance. Pienso. Pienso mucho. Como si dibujara con agua sobre un cristal; solo yo sé que estoy dibujando, nadie lo ve, nadie lo adivina. Nadie se lo imagina.
Nuestra vida gira en torno a una sola cosa. En torno a Chernóbil. ¿Dónde estabas entonces, a qué distancia vivías del reactor? ¿Qué has visto? ¿Quién ha muerto? ¿Quién se ha marchado? ¿Adónde?… Durante los primeros meses, recuerdo, se llenaron de nuevo los restaurantes, se oía el bullicio de las fiestas. «Solo se vive una vez.» «Si hemos de morir, que sea con música.» Todo se llenó de soldados, de oficiales.
Ahora, Chenóbil está cada día con nosotros. Un día murió de pronto una joven embarazada. Sin diagnóstico alguno, ni siquiera el forense anotó diagnóstico alguno. Una niña se ahorcó. De la quinta clase. Sin más ni más. Una niña pequeña. Y el mismo diagnóstico para todos; todos dicen: «Chernóbil» Nos echan en cara: «Estáis enfermos por culpa de vuestro miedo.» Debido al miedo. A la «radiofobia.» Entonces, que me expliquen por qué los niños enferman y se mueren. Los niños no conocen el miedo, aún no lo entienden.
Recuerdo aquellos días. Me ardía la garganta, y notaba un peso, una extraña pesadez en todo el cuerpo. «Esto es hipocondría –me dice la médico–. Todos se han vuelto aprensivos porque ha ocurrido lo de Chernóbil.» «¿Qué hipocondría? Me duele todo, no tengo fuerzas.»
Mi marido y yo no nos atrevíamos a decírnoslo, pero empezaron a dejar nos de responder las piernas. Todos los de nuestro alrededor se quejaban; nuestros amigos, toda la gente. Ibas por la calle y te parecía que de un momento a otro te ibas a caer al suelo. Que te ibas a acostar en el suelo y dormirte.
Los escolares se tumbaban sobre los pupitres, se dormían en medio de la clase. Y todos se volvieron terriblemente tristes, malhumorados, en todo el día no veías una cara contenta, o que alguien de tu alrededor le sonriera a otro. Desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche, los niños permanecían en la escuela; estaba estrictamente prohibido jugar en la calle y correr.
A los escolares les dieron ropa nueva. A las chicas, faldas y blusas; a los chicos, trajes; pero con aquella ropa se marchaban a casa y adónde iban con ella es algo que no sabíamos. Según las instrucciones, las madres debían lavar esta ropa cada día, para que los niños vinieran a la escuela con todo limpio. Para empezar, repartieron un solo traje, por ejemplo, una falda y una blusa, pero sin otras prendas de recambio, y en segundo lugar, las madres ya cargaban con las tareas de la casa: las gallinas, la vaca, los cerdos, y tampoco entendían para qué hacía falta lavar aquella ropa cada día. La suciedad significaba para ellos unas manchas de tinta, de barro o de grasa, y no la acción de no sé qué isótopos de corta duración. Cuando intentaba explicarles algo a los padres de mis alumnos, tenía la impresión de que no me entendían mejor que si de pronto se presentara ante ellos un chamán de una tribu africana. « ¿Pero qué es esto de la radiación? De modo que ni se oye ni se ve. Ajajá … Pues a mí el sueldo no me llega a fin de mes. Los últimos tres días estamos a patatas y leche. Ajajá…» También la madre me deja por imposible. Porque le digo que la leche no se puede beber. Como tampoco se pueden comer las patatas. Han traído a la tienda carne china en conserva y alforfón. Pero ¿con qué dinero comprarlo?
Daban ayudas funerales, «funerales» las llamaban. Las daban para los enterramientos. Compensaciones por vivir en aquel lugar. Calderilla. Que no llega ni para pagar dos latas de conservas.
Las instrucciones están hechas para la gente instruida, para determinado nivel cultural. ¡Pero no lo hay! Las instrucciones no están hechas para nuestra gente. Además de que no resulta nada fácil explicar a cada uno en qué se distinguen los «rem» de los «roentgen». O la teoría de las pequeñas dosis.
Desde mi punto de vista, yo a esto lo llamaría fatalismo, un ligero fatalismo. Por ejemplo, durante el primer año no se podía consumir nada de las huertas, pero de todos modos la gente comía de ellas y se hacían provisiones para el día de mañana. ¡Además, con aquella maravillosa cosecha! Prueba a decir que los pepinos y los tomates no se pueden comer. ¿Qué es eso de que no se puede? El gusto es normal. Este los come y no le duele el estómago. Tampoco «arde», se ilumina, en la oscuridad. Nuestros vecinos se pusieron un parqué nuevo hecho de una madera del lugar; lo midieron y el umbral era cien veces mayor del permitido. Pues bien, nadie quitó aquel parqué, y siguieron viviendo con él. Ya se arreglará todo, se venía a decir; no se sabe cómo, pero todo volverá a la normalidad por sí mismo, sin ellos, sin su participación.
En los primeros tiempos, algunos comestibles se llevaban a los dosimetristas, para comprobarlos; resultado: dosis diez veces superiores a la norma, pero luego lo dejaron correr. «Ni se oye ni se ve. ¡Qué no inventarán estos científicos!» Todo seguía su curso: araron los campos, los sembraron y recogieron la cosecha. Se había producido un hecho impensable, pero la gente siguió viviendo como antes. Y los pepinos de tu huerto, a los que debías renunciar, resultaron ser más importantes que Chernóbil.
Los niños se quedaron todo el verano en la escuela; los soldados lavaron el edificio con detergente, retiraron la capa superior de la tierra de todo el alrededor. Pero al llegar el otoño, ¿qué? Pues en otoño mandaron a los colegiales a recoger la remolacha. Mandaron a los campos incluso a los estudiantes de las escuelas técnicas. Los mandaron a todos. Chernóbil era menos terrible que dejar la cosecha sin recoger en el campo.
¿Quién tiene la culpa? Dígame, ¿quién tiene la culpa, si no nosotros mismos?
Antes no apreciábamos este mundo que nos rodea, un mundo que era como el cielo, como el aire, como si alguien nos lo hubiese regalado para toda la eternidad, y como si no dependiera de nosotros. Allí estaría para siempre.
Antes me gustaba tumbarme sobre la hierba en el bosque y contemplar el cielo; me sentía tan bien que hasta me olvidaba de cómo me llamaba. ¿Y ahora? El bosque está hermoso, lleno de bayas, pero ya nadie las recoge. En el bosque en otoño es raro oír una voz humana. El miedo está en las sensaciones, a un nivel subconsciente. Solo nos han quedado el televisor y los libros. La imaginación. Los niños crecen dentro de casa. Sin el bosque, sin los ríos. Solo pueden mirarlos desde la ventana. Y son unos niños completamente distintos. Y yo me presento ante ellos: «Hora sombría. Delicia de la vista», con mi Pushkin de siempre, un Pushkin que antes me parecía eterno.
A veces me asalta un pensamiento sacrílego: ¿Y si de pronto toda nuestra cultura no es más que un baúl lleno de viejos manuscritos? Todo lo que yo amo…
(Nina Konstantinovna, profesora de Literatura)

Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, (2005), trad. Ricardo San Vicente, Barcelona, Debolsillo, 2014, págs. 184-188.
Chernóbi

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 COMENTARIO SOBRE EL CUENTO.

El sábado 26 de abril de 1986 tuvo lugar un accidente nuclear en la central atómica de Chernóbil en Ucrania, cerca de la frontera bielorrusa –territorios pertenecientes a la antigua URSS–, de tal gravedad que ha sido considerado uno de los más graves desastres humano-medioambientales de la historia de la humanidad.
La periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich –Premio Nobel de Literatura 2015– publicó en 1997 un libro donde recogió testimonios de algunas de las personas afectadas por aquella terrible tragedia. En 2006, para conmemorar el vigésimo aniversario de la catástrofe, se publicó una versión actualizada del libro, Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, un ejemplo del más encomiable periodismo literario.
Dice la propia autora que este no es un libro sobre Chernóbil, sino sobre las consecuencias desatadas por aquella catástrofe que convirtió un enorme territorio contaminado en un despojo de muerte directa o enmascarada. Cuenta Svetlana Alexievich que, en su primer viaje a la zona, lo que más le llamó la atención era la belleza de la naturaleza, del paisaje. Todo parece completamente normal, el mal se esconde bajo una nueva máscara, y uno no es capaz de verlo, oírlo, tocarlo, ni olerlo. Cualquier cosa puede matarte… el agua, la tierra, una manzana, la lluvia. Nuestro diccionario está obsoleto. Todavía no existen palabras ni sentimientos para describir esto.
La autora recoge una colección de monólogos de personas muy diversas que han sufrido, vivido o conocido muy directamente aquellos sucesos. Este es el caso del texto seleccionado en el que una profesora de Literatura transmite directamente sus impresiones sobre la muerte que la rodea: la reacción de los niños, las vidas que giran alrededor de una sola cosa: Chernóbil y sus consecuencias. Este texto no es un cuento, no hay en él el más mínimo asomo de ficción. Es el testimonio directo de una persona en medio del dolor y el desconcierto ante un paisaje apocalíptico, un testimonio caracterizado por su fuerza expresiva, propia de la mejor literatura.

Miguel Díez R.








LA NOCHE

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893)

Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.
Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.
Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.
Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.
Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.
El caso es que ayer -¿fue ayer?-. Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo…? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.
En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.
Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.
Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.
Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.
Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.
¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.
Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.
Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.
Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.
Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:
-¿Amigo, qué hora es?
-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.
Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer…
«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».
Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.
Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.
Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.
«¿Dónde estaban los agentes de policía?”, me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.
Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.
Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»
Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.
¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.
Me decidí a llamar en la primera casa. Toqué el timbre de cobre, que sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé… Nada.
Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.
Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.
Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?
Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?
Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj… ya no sonaba… se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.
Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.
¿Corría aún el Sena?
Quise saberlo, encontré la escalera, bajé… No oía la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más… luego la arena… el fango… y el agua… hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría… casi helada… casi detenida… casi muerta.
Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir… y que iba a morir allí abajo… yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.

“La Nuit”, 1887
 Fuente: Ciudad Seva








¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo Chéjov a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así. Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: “Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará “El cenicero”. Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero.
Ray Bradbury

LA CARRETERA

Ray Bradbury (Estados Unidos, 1912-2012)

La lluvia fresca de la tarde había caído sobre el valle, humedeciendo el maíz en los sembrados de las laderas, golpeando suavemente el techo de paja de la choza. La mujer no dejaba de moverse en la lluviosa oscuridad, guardando unas espigas entre las rocas de lava. En esa sombra húmeda, en alguna parte, lloraba un niño.
Hernando esperaba que cesara la lluvia, para volver al campo con su arado de rejas de madera. En el fondo del valle hervía el río, espeso y oscuro. La carretera de hormigón —otro río— yacía inmóvil, brillante, vacía. Ningún auto había pasado en esa última hora. Era, en verdad, algo muy raro. Durante años no había transcurrido una hora sin que un coche se detuviese y alguien le gritara:”¡Eh, usted! ¿Podemos sacarle una foto?” Alguien con una cámara de cajón, y una moneda en la mano. Si Hernando se acercaba lentamente, atravesando el campo sin su sombrero, a veces le decían:
—Oh, será mejor con el sombrero puesto —Y agitaban las manos, cubiertas de cosas de oro que decían la hora, o identificaban a sus dueños, o que no hacían nada sino parpadear a la luz del sol como los ojos de una serpiente. Así que Hernando se volvía a recoger el sombrero.
—¿Pasa algo, Hernando? —le dijo su mujer.
—Sí. El camino. Ha ocurrido algo importante. Bastante importante. No pasa ningún auto.
Hernando se alejó de la cabaña, con movimientos lentos y fáciles. La lluvia le lavaba los zapatos de paja trenzada y gruesas suelas de goma. Recordó otra vez, claramente, el día en que consiguió esos zapatos. La rueda se había metido violentamente en la choza, haciendo saltar cacharros y gallinas. Había venido sola, rodando rápidamente. El coche (de donde venía la rueda) siguió corriendo hasta la curva y se detuvo un instante, con los faros encendidos, antes de lanzarse hacia las aguas. El automóvil aún estaba allí. Se lo podía ver en los días de buen tiempo, cuando el río fluía más lentamente y las aguas barrosas se aclaraban. El coche yacía en el fondo del río con sus metales brillantes, largo, bajo y lujoso. Pero luego el barro subía de nuevo, y ya no se lo podía ver.
Al día siguiente Hernando cortó la rueda y se hizo un par de suelas de goma.
Hernando llegó al borde del camino. Se detuvo y escuchó el leve crepitar de la lluvia sobre la superficie de cemento.
Y entonces, de pronto, como si alguien hubiese dado una señal, llegaron los coches. Cientos de coches, miles de coches; pasaron y pasaron junto a él. Los coches, largos y negros, se dirigían hacia el norte, hacia los Estados Unidos, rugiendo, tomando las curvas a demasiada velocidad. Con un incesante ruido de cornetas y bocinas. Y en las caras de las gentes que se amontonaban en los coches, había algo, algo que hundió a Hernando en un profundo silencio. Dio un paso atrás para que pasaran los coches. Pasaron quinientos, mil, y había algo en todas las caras. Pero pasaban tan rápido que Hernando no podía saber qué era eso.
Al fin la soledad y el silencio volvieron a la carretera. Los coches bajos, largos y rápidos, se habían ido. Hernando oyó a lo lejos el sonido de la última bocina.
La carretera estaba otra vez desierta.
Había sido como un cortejo fúnebre. Pero un cortejo desencadenado, enloquecido, un cortejo con los pelos de punta, que perseguía a gritos una ceremonia que se alejaba hacia el norte. ¿Por qué? Hernando sacudió la cabeza y se frotó suavemente las manos contra los costados del cuerpo.
Y ahora, completamente solo, apareció el último coche. Era verdaderamente algo último. Desde la montaña, camino abajo, bajo la fría llovizna, lanzando grandes nubes de vapor, venía un viejo Ford, con toda la rapidez de que era capaz. Hernando creyó que el coche iba a deshacerse en cualquier momento. Cuando vio a Hernando, el viejo Ford se detuvo, cubierto de barro y óxido. El radiador hervía furiosamente.
—¿Nos da un poco de agua? ¡Por favor, señor!
El conductor era un hombre joven de unos veinte años de edad. Vestía un sweater amarillo, una camisa blanca de cuello abierto y pantalones grises. La lluvia caía sobre el coche sin capota, mojando al joven conductor y a las cinco muchachas apretadas en los asientos. Todas eran muy bonitas. El joven y las muchachas se protegían de la lluvia con periódicos viejos. Pero la lluvia llegaba hasta ellos, empapando los hermosos vestidos, empapando al muchacho. El muchacho tenía los cabellos aplastados por la lluvia. Pero nadie parecía preocuparse. Nadie se quejaba, y era raro. Estas gentes siempre estaban quejándose, de la lluvia, el calor, la hora, el frío, la distancia.
Hernando asintió con un movimiento de cabeza.
—Les traeré agua.
—Oh, rápido, por favor —gritó una de las muchachas, con una voz muy aguda y llena de temor. La muchacha no parecía impaciente, sino asustada.
Hernando, ante tales pedidos, solía caminar aún más lentamente que de costumbre; pero ahora, y por primera vez, echó a correr.
Volvió en seguida con la taza de una rueda llena de agua. La taza era, también, un regalo del camino. Una tarde había aparecido como una moneda que alguien hubiese arrojado a su campo, redonda y reluciente. El coche se alejó sin advertir que había perdido un ojo de plata. Hasta hoy lo habían usado en la casa para lavar y cocinar. Servía muy bien de tazón.
Mientras echaba el agua en el radiador hirviente, Hernando alzó la vista y miró los rostros atormentados.
—Oh, gracias, gracias —dijo una de las jóvenes—. No sabe cómo lo necesitamos.
Hernando sonrió.
—Mucho tránsito a esta hora. Todos en la misma dirección. El norte.
No quiso decir nada que pudiese molestarlos. Pero cuando volvió a mirar, ahí estaban las muchachas, inmóviles bajo la lluvia, llorando. Lloraban con fuerza. Y el joven trataba de hacerlas callar tomándolas por los hombros y sacudiéndolas suavemente, una a una; pero las muchachas, con los periódicos sobre las cabezas, y los labios temblorosos, y los ojos cerrados, y los rostros sin color, siguieron llorando, algunas a gritos, otras más débilmente.
Hernando las miró, con la taza vacía en la mano.
—No quise decir nada malo, señor —se disculpó.
—Está bien —dijo el joven.
—¿Qué pasa, señor?
—¿No ha oído? —replicó el muchacho. Y volviéndose hacia Hernando, y asiendo el volante con una mano, se inclinó hacia él—: Ha empezado.
No era una buena noticia. Las muchachas lloraron aún más fuerte que antes, olvidándose de los periódicos, dejando que la lluvia cayera y se mezclara con las lágrimas.
Hernando se enderezó. Echó el resto del agua en el radiador. Miró el cielo, ennegrecido por la tormenta. Miró el río tumultuoso. Sintió el asfalto bajo los pies.
Se acercó a la portezuela. El joven extendió una mano y le dio un peso.
—No —Hernando se lo devolvió—. Es un placer.
—Gracias, es usted tan bueno —dijo una muchacha sin dejar de sollozar—. Oh, mamá, papá. Oh, quisiera estar en casa. Cómo quisiera estar en casa. Oh, mamá, papá.
Y las otras muchachas se unieron a ella.
—No he oído nada, señor —dijo Hernando tranquilamente.
—¡La guerra! —gritó el hombre como si todos fuesen sordos—. ¡Ha empezado la guerra atómica! ¡El fin del mundo!
—Señor, señor —dijo Hernando.
—Gracias, muchas gracias por su ayuda. Adiós —dijo el joven.
—Adiós —dijeron las muchachas bajo la lluvia, sin mirarlo.
Hernando se quedó allí, inmóvil, mientras el coche se ponía en marcha y se alejaba por el valle con un ruido de hierros viejos. Al fin ese último coche desapareció también, con los periódicos abiertos como alas temblorosas sobre las cabezas de las mujeres.
Hernando no se movió durante un rato. La lluvia helada le resbalaba por las mejillas y a lo largo de los dedos, y le entraba por los pantalones de arpillera. Retuvo el aliento y esperó, con el cuerpo duro y tenso.
Miró la carretera, pero ya nada se movía. Pensó que seguiría así durante mucho, mucho tiempo.
La lluvia dejó de caer. El cielo apareció entre unas nubes. En sólo diez minutos la tormenta se había desvanecido, como un mal aliento. Un aire suave traía hasta Hernando el olor de la selva.
Hernando podía oír el río, que seguía fluyendo, suave y fácilmente. La selva estaba muy verde; todo era nuevo y fresco. Cruzó el campo hasta la casa, y recogió el arado. Con las manos sobre su herramienta, alzó los ojos al cielo en donde empezaba a arder el sol.
—¿Qué ha pasado, Hernando? —le preguntó su mujer, atareada.
—No es nada —replicó Hernando.
Hundió el arado en el surco.
—¡Burrrrrrrro! –le gritó al burro, y juntos se alejaron bajo el cielo claro, por las tierras de labranza que bañaba el río de aguas profundas.
—¿A qué llamarán “el mundo”? —se preguntó Hernando.
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LA CARRETERA

Ray Bradbury (Estados Unidos, 1912-2012)

La lluvia fresca de la tarde había caído sobre el valle, humedeciendo el maíz en los sembrados de las laderas, golpeando suavemente el techo de paja de la choza. La mujer no dejaba de moverse en la lluviosa oscuridad, guardando unas espigas entre las rocas de lava. En esa sombra húmeda, en alguna parte, lloraba un niño.
Hernando esperaba que cesara la lluvia, para volver al campo con su arado de rejas de madera. En el fondo del valle hervía el río, espeso y oscuro. La carretera de hormigón —otro río— yacía inmóvil, brillante, vacía. Ningún auto había pasado en esa última hora. Era, en verdad, algo muy raro. Durante años no había transcurrido una hora sin que un coche se detuviese y alguien le gritara:”¡Eh, usted! ¿Podemos sacarle una foto?” Alguien con una cámara de cajón, y una moneda en la mano. Si Hernando se acercaba lentamente, atravesando el campo sin su sombrero, a veces le decían:
—Oh, será mejor con el sombrero puesto —Y agitaban las manos, cubiertas de cosas de oro que decían la hora, o identificaban a sus dueños, o que no hacían nada sino parpadear a la luz del sol como los ojos de una serpiente. Así que Hernando se volvía a recoger el sombrero.
—¿Pasa algo, Hernando? —le dijo su mujer.
—Sí. El camino. Ha ocurrido algo importante. Bastante importante. No pasa ningún auto.
Hernando se alejó de la cabaña, con movimientos lentos y fáciles. La lluvia le lavaba los zapatos de paja trenzada y gruesas suelas de goma. Recordó otra vez, claramente, el día en que consiguió esos zapatos. La rueda se había metido violentamente en la choza, haciendo saltar cacharros y gallinas. Había venido sola, rodando rápidamente. El coche (de donde venía la rueda) siguió corriendo hasta la curva y se detuvo un instante, con los faros encendidos, antes de lanzarse hacia las aguas. El automóvil aún estaba allí. Se lo podía ver en los días de buen tiempo, cuando el río fluía más lentamente y las aguas barrosas se aclaraban. El coche yacía en el fondo del río con sus metales brillantes, largo, bajo y lujoso. Pero luego el barro subía de nuevo, y ya no se lo podía ver.
Al día siguiente Hernando cortó la rueda y se hizo un par de suelas de goma.
Hernando llegó al borde del camino. Se detuvo y escuchó el leve crepitar de la lluvia sobre la superficie de cemento.
Y entonces, de pronto, como si alguien hubiese dado una señal, llegaron los coches. Cientos de coches, miles de coches; pasaron y pasaron junto a él. Los coches, largos y negros, se dirigían hacia el norte, hacia los Estados Unidos, rugiendo, tomando las curvas a demasiada velocidad. Con un incesante ruido de cornetas y bocinas. Y en las caras de las gentes que se amontonaban en los coches, había algo, algo que hundió a Hernando en un profundo silencio. Dio un paso atrás para que pasaran los coches. Pasaron quinientos, mil, y había algo en todas las caras. Pero pasaban tan rápido que Hernando no podía saber qué era eso.
Al fin la soledad y el silencio volvieron a la carretera. Los coches bajos, largos y rápidos, se habían ido. Hernando oyó a lo lejos el sonido de la última bocina.
La carretera estaba otra vez desierta.
Había sido como un cortejo fúnebre. Pero un cortejo desencadenado, enloquecido, un cortejo con los pelos de punta, que perseguía a gritos una ceremonia que se alejaba hacia el norte. ¿Por qué? Hernando sacudió la cabeza y se frotó suavemente las manos contra los costados del cuerpo.
Y ahora, completamente solo, apareció el último coche. Era verdaderamente algo último. Desde la montaña, camino abajo, bajo la fría llovizna, lanzando grandes nubes de vapor, venía un viejo Ford, con toda la rapidez de que era capaz. Hernando creyó que el coche iba a deshacerse en cualquier momento. Cuando vio a Hernando, el viejo Ford se detuvo, cubierto de barro y óxido. El radiador hervía furiosamente.
—¿Nos da un poco de agua? ¡Por favor, señor!
El conductor era un hombre joven de unos veinte años de edad. Vestía un sweater amarillo, una camisa blanca de cuello abierto y pantalones grises. La lluvia caía sobre el coche sin capota, mojando al joven conductor y a las cinco muchachas apretadas en los asientos. Todas eran muy bonitas. El joven y las muchachas se protegían de la lluvia con periódicos viejos. Pero la lluvia llegaba hasta ellos, empapando los hermosos vestidos, empapando al muchacho. El muchacho tenía los cabellos aplastados por la lluvia. Pero nadie parecía preocuparse. Nadie se quejaba, y era raro. Estas gentes siempre estaban quejándose, de la lluvia, el calor, la hora, el frío, la distancia.
Hernando asintió con un movimiento de cabeza.
—Les traeré agua.
—Oh, rápido, por favor —gritó una de las muchachas, con una voz muy aguda y llena de temor. La muchacha no parecía impaciente, sino asustada.
Hernando, ante tales pedidos, solía caminar aún más lentamente que de costumbre; pero ahora, y por primera vez, echó a correr.
Volvió en seguida con la taza de una rueda llena de agua. La taza era, también, un regalo del camino. Una tarde había aparecido como una moneda que alguien hubiese arrojado a su campo, redonda y reluciente. El coche se alejó sin advertir que había perdido un ojo de plata. Hasta hoy lo habían usado en la casa para lavar y cocinar. Servía muy bien de tazón.
Mientras echaba el agua en el radiador hirviente, Hernando alzó la vista y miró los rostros atormentados.
—Oh, gracias, gracias —dijo una de las jóvenes—. No sabe cómo lo necesitamos.
Hernando sonrió.
—Mucho tránsito a esta hora. Todos en la misma dirección. El norte.
No quiso decir nada que pudiese molestarlos. Pero cuando volvió a mirar, ahí estaban las muchachas, inmóviles bajo la lluvia, llorando. Lloraban con fuerza. Y el joven trataba de hacerlas callar tomándolas por los hombros y sacudiéndolas suavemente, una a una; pero las muchachas, con los periódicos sobre las cabezas, y los labios temblorosos, y los ojos cerrados, y los rostros sin color, siguieron llorando, algunas a gritos, otras más débilmente.
Hernando las miró, con la taza vacía en la mano.
—No quise decir nada malo, señor —se disculpó.
—Está bien —dijo el joven.
—¿Qué pasa, señor?
—¿No ha oído? —replicó el muchacho. Y volviéndose hacia Hernando, y asiendo el volante con una mano, se inclinó hacia él—: Ha empezado.
No era una buena noticia. Las muchachas lloraron aún más fuerte que antes, olvidándose de los periódicos, dejando que la lluvia cayera y se mezclara con las lágrimas.
Hernando se enderezó. Echó el resto del agua en el radiador. Miró el cielo, ennegrecido por la tormenta. Miró el río tumultuoso. Sintió el asfalto bajo los pies.
Se acercó a la portezuela. El joven extendió una mano y le dio un peso.
—No —Hernando se lo devolvió—. Es un placer.
—Gracias, es usted tan bueno —dijo una muchacha sin dejar de sollozar—. Oh, mamá, papá. Oh, quisiera estar en casa. Cómo quisiera estar en casa. Oh, mamá, papá.
Y las otras muchachas se unieron a ella.
—No he oído nada, señor —dijo Hernando tranquilamente.
—¡La guerra! —gritó el hombre como si todos fuesen sordos—. ¡Ha empezado la guerra atómica! ¡El fin del mundo!
—Señor, señor —dijo Hernando.
—Gracias, muchas gracias por su ayuda. Adiós —dijo el joven.
—Adiós —dijeron las muchachas bajo la lluvia, sin mirarlo.
Hernando se quedó allí, inmóvil, mientras el coche se ponía en marcha y se alejaba por el valle con un ruido de hierros viejos. Al fin ese último coche desapareció también, con los periódicos abiertos como alas temblorosas sobre las cabezas de las mujeres.
Hernando no se movió durante un rato. La lluvia helada le resbalaba por las mejillas y a lo largo de los dedos, y le entraba por los pantalones de arpillera. Retuvo el aliento y esperó, con el cuerpo duro y tenso.
Miró la carretera, pero ya nada se movía. Pensó que seguiría así durante mucho, mucho tiempo.
La lluvia dejó de caer. El cielo apareció entre unas nubes. En sólo diez minutos la tormenta se había desvanecido, como un mal aliento. Un aire suave traía hasta Hernando el olor de la selva.
Hernando podía oír el río, que seguía fluyendo, suave y fácilmente. La selva estaba muy verde; todo era nuevo y fresco. Cruzó el campo hasta la casa, y recogió el arado. Con las manos sobre su herramienta, alzó los ojos al cielo en donde empezaba a arder el sol.
—¿Qué ha pasado, Hernando? —le preguntó su mujer, atareada.
—No es nada —replicó Hernando.
Hundió el arado en el surco.
—¡Burrrrrrrro! –le gritó al burro, y juntos se alejaron bajo el cielo claro, por las tierras de labranza que bañaba el río de aguas profundas.
—¿A qué llamarán “el mundo”? —se preguntó Hernando.
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EL CUARDAGUJAS

JUAN JOSÉ ARREOLA/ (México, 1918-2001)



El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
-¿Lleva usted poco tiempo en este país?
-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
-Por favor…
-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
-¿Me llevará ese tren a T.?
-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna…
-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…
-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
-¿Cómo es eso?
-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
-¡Santo Dios!
-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
-¿Y la policía no interviene?
-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¿está uno a cubierto de nuevas contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”. Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
-¿Qué está usted diciendo?
En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
-¿Y eso qué objeto tiene?
-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, sólo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: “Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.


Confabulario, 1952
Narrativa completa, México D.F., Alfaguara, 1997, págs. 200-206
[Véase del mismo autor y en esta sección, LA MIGALA]
 Leer el cuento “La hija del guardagujas”, de Vicente Huidobro.








El fingimiento de una competencia universal, la apariencia de una laboriosidad sobrehumana es el motor oculto que impulsa la maquinaria de exterminio en la que quedan atrapados los protagonistas de Kafka, y que es responsable del funcionamiento de ese mundo absurdo de por sí. El tema principal de las novelas de Kafka es el conflicto entre un mundo que adopta la forma de esa maquinaria de funcionamiento impecable y un protagonista que intenta destruirla. A su vez esos protagonistas no son simple y llanamente seres humanos como los que encontramos diariamente en el mundo, sino modelos variables de un único ser humano cuya única cualidad distintiva es su imperturbable concentración en asuntos comunes a todos los seres humanos. Su función en el argumento de la novela es siempre la misma: el personaje descubre que el mundo y la sociedad de la normalidad son, de hecho, anormales, que las sentencias emitidas por los prohombres de prestigio reconocido son de hecho demenciales, y que los actos que se derivan de las reglas del juego son de hecho desastrosos para todos.
Hannah Arendt


EL COMERCIANTE


Franz Kafka (Praga, Imperio Austro-Húngaro, 1883-1924)

Sin duda algunas personas se compadecen de mí, pero no me doy cuenta. Mi pequeño negocio me llena de preocupaciones, me hace doler la frente y las sienes, adentro, sin ofrecerme a cambio perspectivas de alivio, porque mi negocio es pequeño. Debo preparar las cosas con anticipación, durante horas, vigilar la memoria del empleado, evitar de antemano sus temibles errores, y durante una temporada prever la moda de la temporada próxima, no entre las personas de mi relación, sino entre inescrutables campesinos. Mi dinero está en manos desconocidas; las finanzas me son incomprensibles; no adivino las desgracias que pueden sobrevenirles; ¡cómo hacer para evitarlas! Tal vez unos se han vuelto pródigos, y ofrecen una fiesta en un restaurante y otros se demoran un momento en esa misma fiesta, antes de huir a América. Cuando cierro el negocio después de un día de labor y me encuentro de pronto con la perspectiva de esas horas en que no podré hacer nada para satisfacer sus ininterrumpidas necesidades vuelve a apoderarse de mí, como una marea creciente, la agitación que por la mañana había logrado alejar, pero ya no puedo contenerla y me arrastra sin rumbo. Y sin embargo no sé sacar ventaja de este impulso, y sólo puedo volver a mi casa, porque tengo la cara y las manos sucias y sudadas, la ropa manchada y polvorienta, la gorra de trabajo en la cabeza, y los zapatos desgarrados por los clavos de los cajones. Vuelvo como arrastrado por una ola, haciendo chasquear los dedos de ambas manos, y acaricio el cabello de los niños que surgen a mi paso. Pero el camino es corto. Apenas estoy en mi casa, abro la puerta del ascensor y entro. Allí descubro de pronto que estoy solo. Otras personas, que deben subir escaleras, y por lo tanto se cansan un poco, se ven obligadas a esperar jadeando que les abran la puerta de su domicilio, y tienen así una excusa para irritarse e impacientarse; luego entran en el vestíbulo, donde cuelgan sus sombreros, y sólo después de atravesar el corredor, a lo largo de varias puertas con cristales entran en su habitación, y están solos. Pero yo ya estoy solo en el ascensor, y miro de rodillas el angosto espejo. Mientras el ascensor comienza a subir, digo:
–¡Quietas, retroceded! ¿Adónde queréis ir, a la sombra de los árboles, detrás de los cortinajes de las ventanas, o bajo el follaje del jardín?
Hablo entre dientes, y la caja de la escalera se desliza junto a los vidrios opacos como un río torrentoso.
–Volad lejos; vuestras alas, que nunca pude ver, os llevarán tal vez al v
alle del pueblo, o a París, si allá queréis ir.
“Pero aprovechad para mirar por la ventana, cuando llegan las procesiones por las tres calles convergentes, sin darse paso, y se entrecruzan para volver a dejar la plaza vacía, al alejarse las últimas filas. Agitad vuestros pañuelos, indignaos, emocionaos, elogiad a la hermosa dama que pasa en coche.
“Cruzad el arroyo por el puente de madera, saludad a los niños que se bañan, y asombraos ante el ¡Hurra! de los mil marineros del acorazado distante.
“Seguid al hombre poco distinguido, y cuando lo hayáis acorralado en un corredor, robadle, y luego contemplad, con las manos en vuestros bolsillos, cómo prosigue su camino tristemente por la calle izquierda.
“Los policías, galopando dispersos, frenan sus cabalgaduras y os obligan a retroceder. Dejadles, las calles vacías les desanimarán, lo sé. Ya se alejan, ¿no os lo dije?, cabalgando de dos en dos, con lentitud al volver las esquinas, y a toda velocidad cuando cruzan la plaza.
Y entonces debo salir del ascensor, mandarlo hacia abajo, hacer sonar la campanilla de mi casa, y la criada abre la puerta, mientras yo la saludo.

Obras completas, trad. Joan Bosch et alii, Barcelona, Teorema-Visión Libros, 1983, Pags. 217-218
[Véanse del mismo autor, UNA HOJA VIEJA y EL PASEO REPENTINO]
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Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra madre era la palabra madre y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mí un itinerario 
que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba.
Julio Cortázar


CORTÍSIMO METRAJE

Julio Cortázar (Bélgica-Argentina, 1914-1984)

Automovilista en vacaciones recorre las montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la ciudad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto usual del auto-stop, tímidamente pregunta si dirección Beaune o Tournus. En la carretera unas palabras, hermoso perfil moreno que pocas veces pleno rostro, lacónicamente a las preguntas del que ahora, mirando los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al término de un viraje el auto sale de la carretera y se pierde en lo más espeso. De reojo sintiendo cómo cruza las manos sobre la minifalda mientras el terror crece poco a poco. Bajo los árboles una profunda gruta vegetal donde se podrá, salta del auto, la otra portezuela y brutalmente por los hombros. La muchacha lo mira como si no, se deja bajar del auto sabiendo que en la soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura para arrastrarla entre los árboles, pistola del bolso y a la sien. Después billetera, verifica bien llena, de paso roba el auto que abandonará algunos kilómetros más lejos sin dejar la menor impresión digital porque en ese oficio no hay que descuidarse’.
Último round (1969), Madrid, Debate, 1992







LA TÍA DANIELA

Ángeles Mastretta ( Méjico 1949)

La tía Daniela se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota. Lo había visto llegar una mañana, caminando con los hombros erguidos sobre un paso sereno y había pensado: “Este hombre se cree Dios”. Pero al rato de oírlo decir historias sobre mundos desconocidos y pasiones extrañas, se enamoró de él y de sus brazos como si desde niña no hablara latín, no supiera lógica, ni hubiera sorprendido a media ciudad copiando los juegos de Góngora y Sor Juana como quien responde a una canción en el recreo.
Era tan sabia que ningún hombre quería meterse con ella, por más que tuviera los ojos de miel y una boca brillante, por más que su cuerpo acariciara la imaginación despertando las ganas de mirarlo desnudo, por más que fuera hermosa como la virgen del Rosario. Daba temor quererla porque algo había en su inteligencia que sugería siempre un desprecio por el sexo opuesto y sus confusiones.
Pero aquel hombre que no sabía nada de ella y sus libros, se le acercó como a cualquiera. Entonces la tía Daniela lo dotó de una inteligencia deslumbrante, una virtud de ángel y un talento de artista. Su cabeza lo miró de tantos modos que en doce días creyó conocer a cien hombres. Lo quiso convencida de que Dios puede andar entre mortales, entregada hasta las uñas a los deseos y las ocurrencias de un tipo que nunca llegó para quedarse y jamás entendió uno solo de todos los poemas que Daniela quiso leerle para explicar su amor.
Un día, así como había llegado, se fue sin despedir siquiera. Y no hubo entonces en la redonda inteligencia de la tía Daniela un solo atisbo de entender qué había pasado.
Hipnotizada por un dolor sin nombre ni destino se volvió la más tonta de las tontas. Perderlo fue una larga pena como el insomnio, una vejez de siglos, el infierno.
Por unos días de luz, por un indicio, por los ojos de hierro y súplica que le prestó una noche, la tía Daniela enterró las ganas de estar viva y fue perdiendo el brillo de la piel, la fuerza de las piernas, la intensidad de la frente y las entrañas.
Se quedó casi ciega en tres meses, una joroba le creció en la espalda, y algo le sucedió a su termostato que a pesar de andar hasta en el rayo del sol con abrigo y calcetines, tiritaba de frío como si viviera en el centro mismo del invierno. La sacaban al aire como a un canario. Cerca le ponían fruta y galletas para que picoteara, pero su madre se llevaba las cosas intactas mientras ella seguía muda a pesar de los esfuerzos que todo el mundo hacía por distraerla.

Al principio la invitaban a la calle para ver si mirando las palomas o viendo ir y venir a la gente, algo de ella volvía a dar muestras de apego a la vida. Trataron todo. Su madre se la llevó de viaje a España y la hizo entrar y salir de todos los tablados sevillanos sin obtener de ella más que una lágrima la noche que el cantador estuvo alegre. A la mañana siguiente le puso un telegrama a su marido diciendo: “Empieza a mejorar, ha llorado un segundo”. Se había vuelto un árbol seco, iba para donde la llevaran y en cuanto podía se dejaba caer en la cama como si hubiera trabajado veinticuatro horas recogiendo algodón. Por fin las fuerzas no le alcanzaron más que para echarse en una silla y decirle a su madre: “Te lo ruego, vámonos a casa”.
Cuando volvieron, la tía Daniela apenas podía caminar y desde entonces no quiso levantarse. Tampoco quería bañarse, ni peinarse, ni hacer pipí. Una mañana no pudo siquiera abrir los ojos.
-¡Está muerta! -oyó decir a su alrededor y no encontró las fuerzas para negarlo.
Alguien le sugirió a su madre que ese comportamiento era un chantaje, un modo de vengarse en los otros, una pose de niña consentida que si de repente perdiera la tranquilidad de la casa y la comida segura, se las arreglaría para mejorar de un día para el otro. Su madre hizo el esfuerzo de abandonarla en el quicio de la puerta de la Catedral.
La dejaron ahí una noche con la esperanza de verla regresar al día siguiente, hambrienta y furiosa, como había sido alguna vez. A la tercera noche la recogieron de la puerta de la Catedral con pulmonía y la llevaron al hospital entre lágrimas de toda la familia.
Ahí fue a visitarla su amiga Elidé, una joven de piel brillante que hablaba sin tregua y que decía saber las curas del mal de amores. Pidió que la dejaran hacerse cargo del alma y del estómago de aquella náufraga. Era una criatura alegre y ávida. La oyeron opinar. Según ella el error en el tratamiento de su inteligente amiga estaba en los consejos de que olvidara. Olvidar era un asunto imposible. Lo que había que hacer era encauzarle los recuerdos, para que no la mataran, para que la obligaran a seguir viva.
Los padres oyeron hablar a la muchacha con la misma indiferencia que ya les provocaba cualquier intento de curar a su hija. Daban por hecho que no serviría de nada y sin embargo lo autorizaban como si no hubieran perdido la esperanza que ya habían perdido.
Las pusieron a dormir en el mismo cuarto. Siempre que alguien pasaba frente a la puerta oía a la incansable voz de Elidé hablando del asunto con la misma obstinación con que un médico vigila a un moribundo. No se callaba. No le daba tregua. Un día y otro, una semana y otra.
-¿Cómo dices que eran sus manos? -preguntaba. Si la tía Daniela no le contestaba, Elidé volvía por otro lado.
-¿Tenía los ojos verdes? ¿Cafés? ¿Grandes?
-Chicos -le contestó la tía Daniela hablando por primera vez en treinta días.
-¿Chicos y turbios? -preguntó la tía Elidé.

-Chicos y fieros -contestó la tía Daniela y volvió a callarse otro mes.
-Seguro que era Leo. Así son los de Leo -decía su amiga sacando un libro de horóscopos para leerle. Decía todos los horrores que pueden caber en un Leo-.  De remate, son mentirosos. Pero no tienes que dejarte, tú eres de Tauro. Son fuertes las mujeres de Tauro.
-Mentiras sí que dijo -le contestó Daniela una tarde.
-¿Cuáles? No se te vayan a olvidar. Porque el mundo no es tan grande como para que no demos con él, y entonces le vas a recordar sus palabras. Una por una, las que oíste y las que te hizo decir.
-No quiero humillarme.
-El humillado va a ser él. Si no todo es tan fácil como sembrar palabras y largarse.
-Me iluminaron -defendió la tía Daniela.
-Se te nota iluminada -decía su amiga cuando llegaban a puntos así.
Al tercer mes de hablar y hablar la hizo comer como Dios manda. Ni siquiera se dio cuenta cómo fue. La llevó a una caminata por el jardín. Cargaba una cesta con fruta, queso, pan, mantequilla y té.
Extendió un mantel sobre el pasto, sacó las cosas y siguió hablando mientras empezaba a comer sin ofrecerle.
-Le gustaban las uvas -dijo la enferma.
-Entiendo que lo extrañes.
-Sí -dijo la enferma acercándose un racimo de uvas-. Besaba regio. Y tenía suave la piel de los hombros y la cintura.
-¿Cómo tenía? Ya sabes -dijo la amiga como si supiera siempre lo que la torturaba.
-No te lo voy a decir -contestó riéndose por primera vez en meses. Luego comió queso y té, pan y mantequilla.
-¿Rico? -le preguntó Elidé.
-Sí -le contestó la enferma empezando a ser ella.
Una noche bajaron a cenar. La tía Daniela con un vestido nuevo y el pelo brillante y limpio, libre por fin de la trenza polvorosa que no se había peinado en mucho tiempo.
Veinte días después ella y su amiga habían repasado los recuerdos de arriba para abajo hasta convertirlos en trivia. Todo lo que había tratado de olvidar la tía Daniela forzándose a no pensarlo, se le volvió indigno de recuerdo después de repetirlo muchas veces. Castigó su buen juicio oyéndose contar una tras otra las ciento veinte mil tonterías que la había hecho feliz y desgraciada.

-Ya no quiero ni vengarme -le dijo una mañana a Elidé-. Estoy aburridísima del tema.
-¿Cómo? No te pongas inteligente -dijo Elidé-. Éste ha sido todo el tiempo un asunto de razón menguada. ¿Lo vas convertir en algo lúcido? No lo eches a perder. Nos falta lo mejor. Nos falta buscar al hombre en Europa y África, en Sudamérica y la India, nos falta
encontrarlo y hacer un escándalo que justifique nuestros viajes. Nos falta conocer la galería Pitti, ver Florencia, enamorarnos en Venecia, echar una moneda en la fuente de Trevi. ¿Nos vamos a perseguir a ese hombre que te enamoró como a una imbécil y luego se fue?
Habían planeado viajar por el mundo en busca del culpable y eso de que la venganza ya no fuera trascendente en la cura de su amiga tenía devastada a Elidé. Iban a perderse la India y Marruecos, Bolivia y el Congo, Viena y sobre todo Italia. Nunca pensó que podría convertirla en un ser racional después de haberla visto paralizada y casi loca hacía cuatro meses.
-Tenemos que ir a buscarlo. No te vuelvas inteligente antes de tiempo -le decía.
-Llegó ayer -le contestó la tía Daniela un mediodía.
-¿Cómo sabes?
-Lo vi. Tocó en el balcón como antes.
-¿Y qué sentiste?
-Nada.
-¿Y qué te dijo?
-Todo.
-¿Y qué le contestaste?
-Cerré.
-¿Y ahora? – preguntó la terapista.
-Ahora sí nos vamos a Italia: los ausentes siempre se equivocan.
Y se fueron a Italia por la voz del Dante: “Piovverà dentro a l’alta fantasía.”


(Ángeles Mastretta, Mujeres de ojos grandes, 1990; Seix Barral, 1991)






Andrés Caicedo

Cali, 1951 - Cali, 1977). Su obra es considerada como una de las más originales de la literatura colombiana. Lideró diferentes movimientos culturales como el grupo literario los Dialogantes, el Cineclub de Cali y la revista Ojo al Cine. En 1970 ganó el I Concurso Literario de Cuento de Caracas con su obra "Los dientes de caperucita", lo que le abriría las puertas a un reconocimiento intelectual. En su obra ¡Que viva la música! (publicada por Colcultura días después de su suicidio) asegura que vivir más de 25 años era una vergüenza. Contrario a la escuela del realismo mágico, se inspira en la realidad social.

DESTINITO FATAL

Andrés Caicedo,  Cali, 1951 - Cali, 1977


A un hombrecito le gusta el cine y llega y funda un cine club y lo primero que hace es programar un ciclo larguísimo de películas de vampiros, desde Murnau y Dreyer hasta Fisher y este film que vio hace poco de Dan Curtis. Al principio hay mucha acogida y todo, el teatro se llena. Pero semana tras semana va bajando la audiencia. Como se sabe, el público cineclubista está compuesto en su mayoría por gente despistada que acude a ver acá “el cine de calidad” que no puede ver en los teatros cuando éstos sólo exhiben vaqueros y espías; imbéciles que abuchean una película de John Ford con John Wayne «porque el ejército de EE. UU. siempre mata muchos indios», que le dicen imbécil a Jerry Lewis. Esa gente cómo le va a coger la onda a los vampiros, no falta por allí uno que insulte al hombrecito del cine club por estar exhibiendo cosas de éstas cuando los estudiantes luchan en las calles, gente que únicamente sueña de noche y que siempre duerme bien y al otro día se despiertan y pueden hablar de amor, de papitas, de viajes, de política y cuando llegue la noche se ponen a soñar de lo mismo que han hablado durante todo el día. Pues bien, el hombrecito de nuestra historia comenzó a perder grandes cantidades de dinero, porque ya al final no iban más de l0 personas a sus películas de vampiros, 9, 8, 7, 6, 5, los últimos 4 empezaron a conversar, a contarse recuerdos, pasó el tiempo y uno de ellos se mudó a otra ciudad, otro amaneció un día muerto, uno se graduó de arquitecto y nunca más se lo volvió a ver por estas tierras.
El hecho es que el sábado 29 de septiembre de l97l el hombrecito encontró, al ir a introducir el último film del ciclo, que no había más que un espectador en la sala, allá detrás, en un rincón, mitad luz y mitad sombra.
El hombrecito iba a empezar a hablar de la película que amaba tanto, pero el Conde se paró de su butaca y le sonrió, y el hombrecito tuvo que bajar los ojos.